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Adam Tooze no iba a ser historiador de los Estados Unidos. “Terminé estudiando este país por accidente”, cuenta el académico británico, que dedicó sus primeros libros al análisis de la economía política alemana, antes y después de las guerras mundiales. “Pero es que cualquiera al que le interese el poder en el siglo XX termina, por fuerza, convirtiéndose en ‘americanista’. Quizá por eso, Tooze desconfía de quienes dan por muerta la supremacía imperial estadounidense. En el primer capítulo de la serie ‘Qué Hacer’ el geógrafo David Harvey descartaba el imperialismo como concepto vigente para entender el mundo contemporáneo, haciendo hincapié sobre las relaciones de clase a nivel transnacional. Su compatriota Adam Tooze complica esa noción al señalar la fortaleza histórica de los Estados Unidos como indiscutible potencia militar y económica. Lejos de debilitarla, la crisis de 2008 sirvió para fortalecer la posición relativa Estados Unidos –y su moneda– en el sistema internacional, apunta Tooze. Afianzados el dominio militar y económico, Tooze sitúa el foco sobre la tercera pata del poder estadounidense: su hegemonía. Es precisamente esa dinámica, el resquebrajamiento de la capacidad de imponer un relato que convencía a otros países de las bondades de un mundo vertebrado en torno a Washington, sobre la que Tooze explica el ascenso de Trump y su más que probable fracaso político.

En su libro El Minotauro Global, Yanis Varoufakis delinea una arquitectura global en las que Estados Unidos se sitúa en la cima de un castillo de naipes. Según ese relato, la deuda estadounidense sirve para enmascarar los enormes desequilibrios de la economía mundial, al tiempo que ofrece una falsa sensación de dominio de los Estados Unidos, que es en realidad más precario que nunca. Usted, sin embargo, no ve la deuda como un síntoma de fragilidad. ¿Por qué?

Hay quien defiende que uno de los síntomas de la debilidad estadounidense, una de las fuerzas que socavan, que socavarán, la hegemonía de EE.UU, es su dependencia de la deuda. Pero lo más extraordinario del poder estadounidense es que desde la década de los 70, los EE.UU han demostrado no la fragilidad de la deuda, sino lo contrario: cómo se puede construir el poder precisamente sobre la deuda; cómo se puede construir el poder siendo deudor, ya que a menudo pensamos en la deuda como la obligación del deudor. Otra forma de pensar en la deuda es en tanto que papeles valiosos que la gente desea poseer. En cierta medida, la deuda es la principal exportación de los Estados Unidos. Esa puede ser, de hecho, la base de toda una red de interdependencias que hacen de uno, por así decirlo, demasiado grande como para que los demás lo dejen caer. Hay, en el mundo, un apetito casi insaciable de activos generados por los Estados Unidos. Incluso si cupiera imaginar que ese equilibrio se rompe, es algo que no sucederá en mucho tiempo, ni que debamos ver como muestra de la crisis inminente del poder estadounidense.

Uno de los efectos más importantes de la crisis de 2007 y 2008 fue, no el derrocamiento del sistema dólar, sino, si acaso, su fortalecimiento. Esto se produjo como resultado de una serie de intervenciones muy concretas, de innovaciones institucionales por parte de los actores principales del sistema dólar, que son la Reserva Federal y el Departamento del Tesoro. Estos desarrollaron un sistema sin precedentes de líneas swap, o de canje, entre los bancos centrales, que permiten inyectar liquidez al sistema global. En suma, han subcontratado la producción de dólares en situaciones de crisis a los bancos centrales, tanto en Europa como en Asia, lo que a su vez permite a esos bancos centrales a asegurar los depósitos en dólares de sus bancos locales.

Esto abre la cuestión de la geopolítica las swap lines, la geopolítica de esas líneas de canje, de qué bancos y bancos centrales tienen conexiones, de qué grupos y alianzas regionales se formarán, si habrá o no competencia, digamos, entre el Banco Central Chino y la Reserva Federal sobre la provisión de liquidez en Asia. Si uno busca nuevas fallas, nuevos puntos de presión, nuevos lugares de los que puedan surgir las crisis del futuro, puede que estén en la economía política nacional de los EE.UU.

Eso nos lleva a una cuestión fundamental: La de la hegemonía global de los Estados Unidos. ¿Como se encuentra de salud al Imperio?

Si nos fijamos en los últimos cien años, el ritmo de la hegemonía estadounidense lo ha marcado la construcción y deconstrucción del aparato estatal de los EE.UU: el desarrollo de la Reserva Federal, de la Secretaría de Estado, del enorme poderío militar estadounidense. La cuestión fundamental, creo yo, es cómo se relaciona todo eso con la política nacional de EE.UU. Para alguien como yo, un europeo criado en la Europa de los 70 y los 80, la fortaleza del nacionalismo estadounidense, el poder duradero del nacionalismo estadounidense, siempre ha sido muy chocante. La cuestión es cómo se articuló dicho nacionalismo: si toma la forma del fervor apostólico liberal expansionista-globalista que vimos en los 90 con Clinton o después de 1945, con el Plan Marshall, o si es un celo apostólico de derecha, como del Reagan y los ‘neocon’, o si es el tipo de nacionalismo que vemos hoy en día: mucho más retraído y provinciano.

Estamos en un momento en que el poder estadounidense sigue sin duda alguna determinando y dando forma al mundo, y de forma bastante unilateral. El primer caso, y el y más evidente, es el poder militar. Realmente, nunca hemos visto en la historia del mundo un poder tan dominador como el que sigue teniendo Estados Unidos. El dólar sigue siendo el medio fundamental para el comercio global. Además, si prestamos atención a la propiedad de las corporaciones globales, los Estados Unidos siguen siendo el poder capitalista por excelencia, y sin competidores realmente significativos si miramos país por país. Y el tercer nivel que conviene señalar son las nuevas tecnologías, ¿verdad? Hay toda una nueva dimensión, la tecnología, y el corazón con el que late ese sistema innovador es, esencialmente, californiano, y el complejo académico-universitario-industrial sobre el que se basa es, en gran parte, subsidiado por el presupuesto de Defensa estadounidense. Al menos en esos tres ámbitos, podría decirse que la huella global estadounidense domina más que nunca.

La pregunta es, claro está, ¿se traduce eso en algo a lo que podamos llamar con un mínimo fundamento hegemonía? Porque uno podría hablar de un momento de plena hegemonía en 1945 o 1947,  quizá principios de los cincuenta, cuando Estados Unidos tenía ya esa combinación del poder militar estadounidense, el dominio económico, que entonces estaba combinado con un mensaje político muy potente, que otros países le compraban, y apenas nadie cuestionaba. La frase “Imperio por invitación” es muy útil para entender cómo funcionaba aquel sistema. Ya no estamos en esa situación, y creo que la elección de Trump como presidente y los interrogantes que abre sobre la democracia estadounidense fuerzan con gran fuerza esa cuestión: la de la relación entre el poder y la hegemonía.

Y, sin embargo, hay un sustrato material sobre el que se cimentó el ascenso de Trump: ¿Qué importancia tiene su discurso crítico con la globalización? Resulta curioso que triunfe un discurso aislacionista, que pinta a los EE.UU como víctima de la integración global, precisamente en el país que, según usted mismo, domina las relaciones económicas internacionales e impone su supremacía militar desde hace un siglo. ¿Cómo explica esa paradoja?

La crisis genuina que atraviesa gran parte de la población, estadounidense, este apocalipsis que Trump invocaba, tiene un cierto referente, aunque sea oblicuo, en la situación de la clase trabajadora blanca en las zonas rurales de EE.UU. Por otro lado, esta la idea de la resurrección, de la reconstrucción, de la regeneración, tiene una gran persistencia en la sociedad estadounidense, a la que le gustan los mitos. Y dos que tienen mucha importancia en el presente, de tipo económico, son el de las nuevas tecnologías y el del fracking. El gran cambio de rumbo de la industria energética estadounidense, liderado ahora por esta suerte de, al menos en su fase inicial, tecnología sólo apta para emprendedores, sucia, mugrienta, que obliga a uno a mancharse las manos, ha cambiado por completo el mercado mundial del petróleo. Esas dos experiencias son algo a lo que Trump puede aferrarse, y le dotan de un referente en el imaginario estadounidense. No deberíamos subestimar la novedad que supone que un republicano optase por adoptar posturas proteccionistas. En este asunto, desde los años noventa, ambos partidos se complementan de una forma curiosa. Así, los líderes del Partido Demócrata, que son liberales ‘globalistas’ e internacionalistas, dependen del lobby empresarial republicano, que obliga al Partido Republicano a posicionarse a favor de la globalización a pesar de que las bases republicanas son nacionalistas, estadounidenses hasta extremos provincianos. Por otro lado, entre las bases del Partido Demócrata, el movimiento sindical es por definición hostil al programa liberalizador de la globalización.

Lo que Trump logró fue superar ese punto muerto ofreciendo un programa nacionalista, racista, xenófobo, misógino, políticamente incorrecta y económicamente proteccionista. Pero si algo sabemos de Donald Trump es que tiene pocas ideas, se aferra a ellas y que la mayoría se formaron hace mucho tiempo. La visión de  Donald Trump sobre política económica y política industrial, en particular, creo que tiene todos los sellos distintivos de la América de los 80.

Fue entonces cuando se produjo la primera gran sacudida a la hegemonía estadounidense, asestada por la primera oleada de la desindustrialización y el ascenso de Japón como competidor inmediato. Creo que desde entonces, por la mente de este individuo para nada sofisticado rondan ideas sobre la necesidad de que EE.UU se defienda, que proteja a sus industrias contra la competencia extranjera, pero eso tiene muy poco que ver con las realidades de la economía política de 2017, porque los manufactureros estadounidenses han ganado desde entonces la batalla de la deslocalización. Así que, desde la perspectiva de fortalecer al capital estadounidense –y es muy difícil tomarse en serio que Trump está comprometido a fortalecer a los trabajadores estadounidenses– su postura tiene poco sentido. Es mas, si uno analiza el impacto de la globalización en la economía estadounidense, de nuevo en comparación con Asia o con Europa, es mínimo. Es extraordinariamente bajo, con muy pequeños márgenes de penetración de las importaciones y dependencia de las exportaciones.

El principal causante de la desigualdad en EE.UU no es el flujo de importaciones baratas del exterior. Es generada internamente. Si acaso, los coches japoneses cada vez se fabrican mas en EEUU, en estados del sur con legislación anti sindicatos, donde los gobiernos de derechas republicanos han cambiado las leyes laborales de tal manera que es baratísimo para las empresas automovilísticas japonesas producir allí. Por otro lado, la globalización sirve para aumentar los ingresos de los de arriba, y su tercer efecto es el de  servir de chivo expiatorio: no hace falta que sea verdad que los mexicanos les quitan el trabajo a decenas de millones de trabajadores estadounidenses. Solo tiene que serlo en la imaginación de ciertos ingenieros políticos.

En su primer año en el poder, hemos visto a Trump recular de gran parte de sus postulados y promesas más heterodoxos: no hay visos de un gran plan de inversiones en infraestructuras, ni se han impuesto grandes aranceles a las importaciones. En cambio, su gobierno ha eliminado regulaciones medioambientales y financieras, y la mayoría republicana camina hacia la aprobación de una de las reformas fiscales más regresivas de la historia. Decía usted hace poco que no es posible tomarse en serio que Trump esté comprometido con mejorar la situación de la clase trabajadora. ¿Qué futuro político le augura, al ‘trumpismo’ y al país que lo aupó al poder?

Es muy difícil que este gobierno resulte exitoso en sus propios términos. Si acaso, es posible que consiga pequeñas victorias que le permitan consolidar a su electorado. Bien pudiera convertirse en un gobierno republicano al uso y conseguir la reelección en esos términos.

Pero creo que tenemos que enfrentarnos a la idea de que existe la posibilidad de que un fracaso de Trump que abra la puerta a la izquierda, pero también de un fracaso que haga la situación mucho peor. Podríamos ver una escalada de desencanto en los grupos nacionalistas que se agruparon en torno a Trump.

Los estadounidenses han tomado conciencia, creo, tanto a derecha como a izquierda, de que el gobierno estadounidense y su aparato del Estado opera constantemente para aumentar la desigualdad, para exacerbar la disfunción social, para agrandar los privilegios de una pequeña minoría. Así que se ha producido una radicalización en la concepción de la política estadounidense, que es lo que da sustento al discurso revolucionario de la derecha estadounidense. Nadie puede hacerse ilusiones ya sobre la magnitud de este reto político multidimensional. Se trata, por fuerza, de cambiar la naturaleza del gobierno. Se trata de transformar el Estado. La era de las soluciones tecnocráticas –”podemos arreglar esto”, “podemos arreglar aquello”– es simplemente una fórmula para continuar con las circunstancias actuales, que pueden no ser explosivas, o incluso resultar tolerables, pero que muy probablemente produzcan periódicamente nuevos ‘Trumps’.

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