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La serie ¿Qué Hacer? se propuso en sus dos primeros capítulos analizar causas materiales y estructurales del ascenso político de Donald Trump. Es hora de hablar de ideología. Para ello, cedemos la palabra al filósofo político Corey Robin (1967), historiador intelectual de la derecha estadounidense. Donde muchos quisieron ver en Trump una rara avis de la derecha, un republicano sin pedigrí –o incluso un progresista camuflado–, Robin encuentra un conservador de manual. El entrevistado sitúa a Trump dentro de una tradición derechista que circula desde la respuesta reaccionaria a la Revolución Francesa al liberalismo antidemocrático de Fredrich Von Hayek, del fervor desregulador de Ronald Reagan al legalismo despótico de Carl Schmitt, del autoritarismo racista de Richard Nixon al antielitismo de Sarah Palin. Para Robin, profesor de Ciencias Políticas de Brooklyn College y autor de The Reactionary Mind, un par de vectores conectan a figuras tan dispares en la tradición conservadora: la defensa férrea de unos privilegios que se ven amenazados y la determinación a la hora de sustituir a las élites cuando éstas se ven incapaces de hacer valer dichos privilegios. Trump es pues un conservador al uso, pero también resultado de la crisis secular de un movimiento adormecido, una suerte de lujo que pudo permitirse una derecha incapaz de definirse, y por tanto vulnerable. Para batir no ya a Trump sino a las dinámicas que lo llevaron a la Casa Blanca, Robin recomienda que la izquierda recupere el concepto de la libertad. “La libertad ha sido históricamente un lenguaje muy poderoso, muy volátil y explosivo. ­­Y quien logra monopolizar ese lenguaje o apropiarse de él y utilizarlo ha estado a menudo en una posición privilegiada.” La izquierda, señala, ha rehuido de esa idea, cediéndosela por completo a la derecha. “Es un lenguaje que debemos recuperar”, señala.

Su trabajo lucha contra la idea, muy extendida en el discurso a derecha e izquierda, de que Trump no tiene precedentes en la política estadounidense. ¿En qué tradición encaja una figura como la suya?

Donald Trump es, en muchos sentidos, un tipo convencional de la derecha. Pero, para entenderlo primero hay que entender qué es el conservadurismo. Es un movimiento inherentemente reaccionario que defiende una jerarquía que se ve amenazada. Lo veo como una especie de movimiento elitista de masas. Así que todo lo que creemos que son innovaciones de Trump –su lenguaje populista, su hostilidad con las instituciones, etc.– es intrínseco a la derecha desde sus inicios. En EEUU, uno de esos primeros movimientos es la defensa de la “eslavocracia”. Luego llegó la defensa de la oligarquía corporativa de la Gilded Age, la “edad chapada en oro”. Y luego tuvimos la defensa de la supremacía blanca en los años 60 y la defensa de los patriarcados tradicionales.

Estos movimientos reaccionarios a menudo terminan inspirándose en la izquierda a la que se oponen. Entienden que el problema de esas élites es que son demasiado tradicionales, demasiado escleróticas, poco inspiradas… “Necesitamos algo que sea tan estimulante como lo que la izquierda ofrece”. “Podemos construir un futuro diferente”, dice la izquierda. Entonces la derecha dice: “Bueno, si se puede construir un futuro, ¿por qué no construir un pasado?”

Sin embargo, y perdone que insista, hay un consenso extendido que sitúa a Trump en una suerte nuevo movimiento de derecha antisistema. Se dice, desde esa corriente de pensamiento, que existe una suerte de conservadurismo pragmático, basado en preservar un orden social establecido, y que eso se ha roto recientemente, con la llegada de una suerte de populismo de derechas, encarnado, según quién lo analice, por Thatcher y Reagan, o por Sarah Palin, Nigel Farage, y ahora Donald Trump. ¿Dónde falla ese análisis? En su trabajo habla de un espíritu contrarrevolucionario que anima a la derecha, en cualquier contexto histórico y ámbito geográfico.

Hoy en día la gente dice: “Oh, tenemos una nueva derecha con Trump y en Europa. Es populista, es esto, es aquello, es post ideológica…” Pero la derecha ha sido así siempre. No hay nada nuevo en ello. Así ha venido siendo desde su reacción contra a la Revolución Francesa. Pero hay una visión positiva de futuro, que articula lo que piensan y es que la mejor sociedad es aquella en la mandan y gobiernan los mejores hombres, los más excelentes. Y mandan a la antigua, no a través de la hegemonía gramsciana ni nada por el estilo, sino un verdadero ordeno y mando, dando órdenes en el trabajo, en el campo, en la plantación: es lo que llamo families, factories and fields (familias, fábricas y fincas). El conservadurismo es moderno. No es una filosofía antigua. Platón creía que la mejor persona debía mandar. Lo que es nuevo en la era moderna es que tienen esta visión del mando de los mejores, de la excelencia en el poder, en una era democrática. Y eso supone un tremendo reto para los conservadores, que es: ¿Cómo lograr una justificación para el gobierno de los mejores en un tiempo en el que la gente da por supuesto que todos somos iguales? Y la manera en la que lo han hecho es mediante una concepción muy dinámica, agonística, de la política y el poder, en dos ámbitos: la guerra o en el mercado. Y los mejores hombres que logren dominar esas esferas serán quienes gobiernen.

Hay una paradoja en esta segunda edición de The Reactionary Mind, editada con motivo de la elección de Trump: cuando publicó la primera edición, en 2011, describía elegantemente una trayectoria descendente en el conservadurismo, porque muchas de las condiciones necesarias para encender su espíritu contrarrevolucionario se habían desvanecido. ¿Cómo es posible que Trump llegase al poder? ¿Qué tuvo que suceder, política, social, económicamente, para que alguien Donald Trump se impusiera?

La derecha ha destruido a la izquierda en EEUU. Ha triunfado como movimiento reaccionario contrarrevolucionario, en un sinfín de frentes. Lo primero que se propuso el movimiento conservador moderno fue destruir al movimiento sindical, y lo ha conseguido. Los EEUU son un país más segregado racialmente de lo que lo eran en la época de Richard Nixon, la brecha de riqueza entre la razas es más grande que cuando gobernaba Reagan. De modo que han logrado hacer retroceder la emancipación negra. Y también lo han hecho con la emancipación de las mujeres. Hay grandes partes de este país en las que es imposible practicar un aborto. Así que estamos ante un momento en el que, paradójicamente, sería de esperar que los conservadores se encontrasen entusiasmados, eufóricos. “¡Hemos triunfado! Pero paradójicamente se convierte en un momento de gran luto. En los últimos años ha ido creciendo en los republicanos la necesidad de amplificar su mensaje populista. La derecha antes podía hablar en lo que en EEUU llamamos dog whistles, o lenguaje cifrado. Podía hacer unas leves alusiones a la desigualdad racial. Y Trump descubrió que eso no era suficiente, que había que subir el volumen del racismo. Y eso fue lo que hizo. Creo que eso es lo que representa el trumpismo en EEUU: la sensación de que los privilegios que la derecha ofrece a sus masas ya no son tan grandes como antes, y de que la izquierda ha sido esencialmente derrotada. Lo sorprendente es que eso fuera suficiente para llevarle hasta la Casa Blanca. Lo que realmente sucedió fue que Hillary Clinton y los demócratas perdieron las elecciones. El partido demócrata no tiene un mensaje coherente; y Trump sí que lo tuvo.

Se ha hablado mucho en este primer año en el poder de la retórica violenta de Trump, de sus guiños a la extrema derecha, y sus nombramientos para cargos de responsabilidad de personas con afiliaciones racistas. ¿Es Trump un fascista?

El conservadurismo siempre ha rendido pleitesía a la violencia, de nuevo, desde sus orígenes. El neoconservadurismo, que dominó la política estadounidense durante el gobierno de Bush, fue el heredero de esa tradición. Aquello era una verdadera celebración de la guerra. Pero la guerra de Iraq fue un desastre rotundo y absoluto, ¿verdad? No hizo lo que los ‘neocon’ esperaban que hiciera, que era modernizar América, renovarla. Soy muy escéptico respecto del argumento “Trump es un fascista”, y no porque no crea que la derecha estadounidense no tiene tendencias fascistas. Siempre pensé que las conexiones más claras con el fascismo estaban en el neoconservadurismo, en especial en su celebración de la violencia y la guerra como herramientas de rejuvenecimiento del estado. Cuando llegó Trump la pregunta era, ¿cómo encajará con todo eso? Y buena parte de lo que decía era una verdadera crítica a los neoconservadores y a ese modelo de guerra. Lo interesante del nacionalismo de Trump, sus llamadas al “America First”, América por encima de todo, y demás, es que si uno lo lee con cuidado,los momentos en los que parece que va a ser más militarista, en los que va a hacer tronar el tambor de guerra con más fuerza, siempre recula y se vuelve economicista.

Por ejemplo, en su libro –su “libro”– habla de la gran amenaza que supone China, y no es principalmente una amenaza económica, sino militar. Pero no está desplegando un mayor arsenal en Asia oriental. Ni se habla de eso. En cambio, lo que quiere hacer es llevar a China al Tribunal Internacional de Comercio por violar no sé qué obligaciones contractuales. Es todo extraordinariamente economicista. Son las armas clásicas de un promotor inmobiliario de Nueva York, que depende para todo su poder de abogados, reguladores y jueces.

Se refiere a Trump como el practicante más exitoso de la “política de masas para las elites” en los Estados Unidos contemporáneos. Pero tanto él como su exjefe de campaña y asesor estratégico Steve Bannon atacan sin piedad y con frecuencia al establishment republicano, lo que ha llevado a muchos a decir que Trump ni siquiera es de derechas. ¿Cómo lo define políticamente?

La gente dice con frecuencia que el hecho de que Trump critique al establishment quiere decir que no es conservador. Pero la premisa de ese argumento es rematadamente errónea sobre lo que constituye el conservadurismo. Siempre ha existido una dimensión antielitista del conservadurismo, que siempre ha entendido que para defender a la clase dominante, hay que destripar a la clase dominante y reconstituirla; recrearla. Ahora bien, lo que es diferente y nuevo de lo que Trump intentó es el despliegue de una especie de populismo económico, de un nacionalismo económico. Pero él y Steve Bannon tuvieron… Trump sigue teniendo control total sobre el gobierno federal y, ¿qué hemos visto en el terreno del nacionalismo económico? Nada en absoluto. Y no es porque los demócratas lo estén frenando, sino que no es capaz de conseguir que el Partido Republicano y el movimiento conservador lo respalden. Todo lo que les queda, a fin de cuentas, es el supremacismo blanco exaltado y el nacionalismo racial con el que se presentaron, que, por otro lado, no tiene ni de lejos tanto apoyo como muchos de ellos, y gran parte de la izquierda, imaginaba. Los momentos más débiles de Trump han venido precisamente cuando era más agresivo con ese tipo de lenguaje racial y supremacista blanco.

Trump ha logrado hacer cosas casi exclusivamente por decreto. Pero todo lo que requiere legislar, todo lo que exige un liderazgo sobre la opinión pública, todas las cosas que consideramos las artes políticas tradicionales, en todas ellas han fracasado. No ha logrado impulsar una agenda legislativa –y no es sólo el fracaso a la hora de revocar la reforma sanitaria de Obama, que fue un fracaso enorme, un cataclismo. Han tenido que aprobar dos presupuestos temporales desde que tienen el control absoluto del poder ejecutivo y legislativo. Ambos presupuestos se parecen notablemente a los de Barack Obama. Trump ladra mucho, pero apenas muerde. Es algo que vemos desde el principio: cuando los tribunales empezaron a echar abajo su veto fronterizo a los musulmanes, lanzó una retórica que puso muy nerviosos a muchos liberales estadounidenses, porque parecía sugerir que en efecto iba a coger un mazo y empezar a asestar mamporros a los tribunales. ¿Qué hizo? Poner unos cuantos ‘tuits’. Hizo mucho ruido sobre cómo iba a retirarse de la OTAN. ¿Qué ha hecho? Apoyar a la OTAN por completo. Y no sólo retóricamente: sus presupuestos la apoyan. La única gente que parece creerse todas las bobadas que dice son los de izquierdas. Cuando Trump habla a menudo sus palabras tienen un impacto en la opinión pública: la impulsan incluso más lejos de sus posiciones. La opinión pública es hoy mucho más pro inmigración que el día de su elección. La opinión pública hoy es mucho más partidaria del libre comercio de lo que lo era el día de su elección. Así que cuando habla, es como si todo lo que toca retóricamente se convierte no en oro, sino en mierda.

Hay un riesgo que subyace de su argumento, que pasa por subestimar el poder de Trump y el gobierno de derechas que capitanea. En el ano que llevan en el poder hemos visto medidas que han causado un impacto tremendo al colectivo inmigrante y la minoría musulmana, como la suspensión del programa Dreamer que permitía a menores inmigrantes permanecer en el país aunque entrasen, como niños, sin papeles, o el veto a los viajeros musulmanes, así como el levantamiento de importantes regulaciones financieras o medioambientales. A quienes digan: “Trump no será tan débil cuando sus decisiones me están causando enorme daño a mí, a mi familia a mi comunidad, ¿qué les responde?

El conservadurismo no se centra, ni se centró nunca, en lograr el control del aparato del Estado. Siempre se ha centrado en librar una guerra cultural. Sin embargo, como controlan el aparato del Estado pueden hacer un daño tremendo. El Estado americano tiene una de las estructuras menos democráticas, creo, de cualquier democracia avanzada. Otorga privilegios al poder minoritario. Uno puede ostentar el poder estatal teniendo muy poco capital político, y aún así provocar un enorme daño. Los republicanos de los 70 y los 80 podían decir: “Estos son nuestros principios: el libre Mercado, el anticomunismo, los valores

tradicionales de la familia”. Tenían una coherencia a la que se veían obligados por la existencia del régimen del New Deal y la Unión Soviética. Una vez desaparecieron estos del mapa, se desató el Carnaval. Y esa es la situación en la que se encuentran hoy en día. Y entonces, la cuestión es, ¿cuánto tiempo tenemos? Estamos en una especie de carrera contrarreloj para ver si fuerzas más democráticas consiguen hacerse con el control del aparato del estado y hacerlo virar en otro rumbo.

Miremos pues al futuro por un momento: es la del realignment o reordenamiento político. Hay una idea muy importante en su trabajo que es la del ‘realineamiento’. ¿Podría explicar en qué consiste ese concepto, y por qué cree que puede volver a ser relevante para este momento histórico?

Un realignment es una elección o serie de elecciones en la que un partido no sólo gana el control del gobierno, sino que consigue alterar los términos del debate político no sólo durante un mes o dos, sino de tal manera que la nueva configuración dure varias décadas. Los dos reordenamientos que hemos tenido en los últimos cien años han sido la elección en 1932 de Franklin Delano Roosevelt y la elección en 1980 de Ronald Reagan, que operaron en direcciones muy diferentes. Roosevelt llegó y articuló una visión de futuro de la intervención estatal en la economía, que luego se convirtió en la ortodoxia de gobierno bajo la que se ven forzados a gobernar incluso republicanos como Dwight David Eisenhower y Richard Nixon. “Todos somos keynesianos ahora”, en resumidas cuentas. Y entonces llega Ronald Reagan y articula la visión de futuro casi opuesta: “El Estado es el problema”. ¿Y qué observamos entonces? Vemos cómo Bill Clinton, al ser elegido en 1992, dice en su primer mandato: “La era del Estado grande ha terminado”. Seguimos viviendo hoy en día en el momento Reagan. Incluso Barack Obama, de quien mucha gente esperaba que deshiciera ese consenso, en gran medida operó dentro de ese marco. Pero también podríamos estar atascados un buen tiempo en esta suerte de éxtasis entre un partido neoliberal multicultural y otro etnonacionalista neoliberal. Eso podría perdurar. Irónicamente, la nominación de Trump demuestra el debilitamiento del dominio de la Reaganomía, porque Trump no se presentó diciendo: “el mejor gobierno es el que gobierna menos”. Y por otro lado, en el Partido Demócrata, se observa también un debilitamiento del consenso neoliberal. En todas las encuestas hay una creciente simpatía por el socialismo, en particular entre los votantes jóvenes. Sanders, un declarado socialista, palabra que durante muchísimos años fue tabú en este país, irrumpió y obtuvo algo así como el 42 o 43% de los votos para la nominación del Partido Demócrata. El Partido Demócrata, dice Kevin Phillips, el periodista político, es el segundo partido más capitalista del mundo. Así que creo que ese es el espíritu con el que la izquierda debe caminar hacia el futuro. Y tiene que construir una infraestructura que pueda no sólo hablar ese lenguaje, sino también implementarlo. Y ese es un proceso largo, y puede que estemos sólo en el arranque. A la izquierda estadounidense le costó décadas llegar al punto que alcanzó en los años 30. Décadas. Y una disposición a sufrir derrotas para llegar al punto desde el que pudiera triunfar. Creo que en la izquierda abundan la timidez y el miedo a la derrota, que la paralizan y le impiden dar esos pasos hacia delante.

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