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El potencial revolucionario de internet era su gran diferencia con la televisión. La televisión era un medio que uno podía sentarse a ver, mientras que internet la convirtió en un portal. De repente, uno podía utilizarlo para hablar con otra gente. Pero esas herramientas de expresión propia y colaboración se convirtieron en instrumentos para la vigilancia y la extracción monetaria. En lugar de hacernos más inteligentes, internet ahora nos hace más estúpidos, nos distrae y nos impide conectar de manera significativa con otra gente.

El verdadero riesgo de la vigilancia en internet no es tanto la información que se descubre sobre ti, sino cómo utilizan lo que saben sobre ti para dirigir tus futuras decisiones. Si Facebook determina, en base a tus datos pasados, que tienes un 80% de probabilidades de ponerte a dieta en las próximas tres semanas, empezarán a mandarte anuncios de empresas y productos dietéticos. Pero no solo con el objetivo de venderte ese producto. También quieren llenar tu tablón de novedades de artículos y sugerencias que te harán más proclive a ponerte a dieta. El big data existe no tanto para espiarte, sino hacerte más predecible, más parecido a un máquina.

Internet es una economía de la atención. La manera de ganar dinero en la red es hacer que mantengamos los ojos pegados a la pantalla. Y eso lo hacen a través de una imaginería sensacionalista, asustándonos. Es eso a lo que miramos: cosas que nos dan miedo o cosas que nos ponen cachondos. Por eso el porno y el miedo dominan internet.

Trump logró hackear no tanto internet como el plan de negocio de la economía de la atención. Sabía que la CNN solo necesita espectadores, ojos pegados a la pantalla, y que la manera de ayudarle a conseguirlos es hacer locuras. Entiende que cuando la gente vota a una estrella del pop, y no a un gestor, no importa qué haga siempre que logre conseguir la atención de la gente. Así que él ganó, ganó la MSNBC, ganó la FOX, ganó internet, ganó Facebook. Ganaron todos menos el pueblo.

Internet abre la puerta a un nivel de participación más profundo, pero no solo a la participación por medio del voto. Para lo que deberíamos usar internet realmente es para participar en el compromiso de la sociedad civil, en mejorar nuestras ciudades y en hacer cosas de verdad. En cimentar la acción cívica, la ayuda mutua y la construcción del tejido social, en crear monedas locales, bancos de trabajo, bancos de alimentos. Si vemos internet como una mera extensión de la política electoral, pasamos por alto su verdadero potencial.

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